Estaba un día Josep Puigmartí trabajando con carboncillo y fue a frotarse el ojo para calmarse una pequeña comezón. De la traza de su pulgar sucio en el párpado inferior quedó una ralla negra que le gustó. Al día siguiente pidió un lápiz de ojos y se pintó los dos. Poco después supo que así es como se pintaban los faraones del antiguo Egipto.
Su mirada rodeada de maquillaje es una de las primeras cosas que le llaman la atención a uno. Seguido de su colorido vestir. Pero así es Puigmartí, un personaje rodeado de color y extravagancia. Su hablar es fluido y sin dejar espacio para los tabúes. Nos delata su gozo por la vida. No le importa desnudar su personalidad ante los periodistas. Se muestra sincero y transparente.
Puigmartí es uno de los pintores más prolíficos del panorama artístico catalán. Goza de una extensa producción que ha podido exponer en Estados Unidos, Francia, Japón, Dinamarca, Suecia, Inglaterra, Suiza, China o Italia.
Su historia de vida también pasa por experiencias de largo tiempo en Los Ángeles o París.














